Un participante de la red social Twitter lo describió como una inversión de Schröedinger, en alusión al famoso gato del físico en una caja, que está vivo y a la vez muerto. El periodista Darío Celis, compañero de páginas de esta columna en El Financiero, anunció este lunes, con minutos de separación entre trinos, que la inversión de Tesla en México ya no sería en México, sino en Indonesia; y luego diría que siempre sí, y que sería en Monterrey.
El senador Guadiana, por Morena, salió a ofrecer mil hectáreas en Coahuila para el establecimiento de la planta. También había rumores que podría llegar a Michoacán, y que al gobierno nacional le interesaba que el punto de llegada fuera el Estado de México. El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, decía que su preocupación era el agua; el Instituto Mexicano para la Competitividad, la antigua alma mater de este columnista, produjo un análisis mostrando que habría suficiente agua en Monterrey para ubicar esta inversión.
Tarde el lunes, y ayer martes, después de una llamada entre el presidente de la República y Elon Musk, el primero dijo que la inversión de Tesla se quedaría en México. Hoy el Financial Times anunció que el presidente López Obrador había cantado el gol. Creo que la prudencia obliga a esperar a hoy, miércoles, para que sean Tesla y Musk quienes confirmen su decisión. Ojalá.
Todo esto ocurre después de un histórico domingo de febrero en el cual miles de ciudadanos, quizá un poco más de un millón en todas las ciudades donde nos reunimos, salimos a pedir a la Suprema Corte de Justicia de la Nación que no “destace” al INE, como lo dijo en lenguaje propio de carnicería en meses pasados el secretario de gobernación de México. La tensión es evidente entre un México que quiere ser un país normal, con decisiones democráticas e inversiones globales, y otro muy antiguo, que le da lugar al jefe del Ejecutivo nacional para objetar inversiones y ser creador o destructor de vidas y haciendas.
A mi generación le ha tocado vivir los dos países, y definitivamente es mucho mejor el segundo. Sí, tiene un montón de retos, y sí, el avance del crimen organizado en él durante el transcurso de las primeras dos décadas del siglo XXI es aterrador; pero me resisto a creer que hubo un fraude electoral en 2006, otro en 2012, y que toda la estructura gubernamental nacional estuviera corrompida por el crimen organizado. Seguramente se extendieron los tentáculos del narco en el gobierno, la procuración de justicia, la economía y la política hasta niveles increíbles e inexcusables, pero no es posible vivir sin pensar que ese cáncer corroía estructuras al mismo tiempo que otras procuraban mantenerlo a raya y transitar por cauces más legales e institucionales.
Por eso, es ofensivo y vergonzoso que el presidente llame ladrones y defensores de narcotraficantes a los asistentes a la concentración del domingo. No dudo que García Luna haya sido un personaje oscuro del aparato de seguridad pública en México, quien por cierto tiene un montón de antiguos subalternos, conocidos y amigos en activo en el gobierno. No dudo que el presidente Calderón haya tenido el dilema, como cualquier jefe con sus subalternos, de hasta qué nivel sus propios policías estaban en colusión con las mafias.
Lo cierto es que el Estado tiene que elegir sus batallas. La misma medicina que cura enfermedades graves como el cáncer, puede matar a los pacientes, y eso es exactamente el dilema que está enfrentando México.
La culpabilidad de García Luna en la corte de Nueva York, se construyó con evidencia débil. Pero, también, se ve muy mal que García Luna sea un hombre muy rico. No es explicable que un policía, por más que haya alcanzado los cargos más altos, acumule riqueza.
Sin embargo, ese es el México de instituciones al que hay que aspirar. Si aparece evidencia en contra de exsecretarios, o de expresidentes, deben ser juzgados y castigados.
El futuro de la guerra contra las drogas es que Estados Unidos y sus aliados perderemos. El futuro de las democracias también está en duda, porque AMLO es miembro de un club neomonárquico, neonapoleónico, de mandatarios que han roto las estructuras de pesos y contrapesos de sus países. El futuro de la economía parece menos incierto en el largo plazo, pero hay muchos cortos plazos en los que Elon, sus financiadores, y los aspiracionistas que nos encantaría colaborar con él, viviremos mucha incertidumbre. Nos toca el papel de ponerle límites al Estado. Ni modo.
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