Hoy es 28 de diciembre. En la tradición católica, es el día de los Santos Inocentes. Los niños que, en la historia bíblica, fueron víctimas de infanticidio a manos del rey Herodes, quien recibió la noticia del nacimiento de Jesús, y para deshacerse de él, decidió matar a todos los niños de Belén, según cuenta el relato del nuevo testamento según Mateo. Aclaro esto último porque no existe ninguna prueba distinta de los textos sagrados de este genocidio de la infancia oriunda de Belén a manos de Herodes. Josefo, el historiador romano que documentó extensivamente la vida de este político judío, no hace ninguna mención al infanticidio en masa de Belén. Paul Maier, un historiador moderno, refiere que Josefo podría no haber oído de la masacre en Belén, o pudo omitirla de sus relatos sobre Herodes sin cargos de conciencia, porque Belén era una población pequeña. Maier dice que tiene estudios actuariales que revelan que Belén en la época quizá tenía dos docenas de infantes recién nacidos a lo mucho. El evangelio conocido de San Mateo va un poco más lejos, y dice “en toda la región”, lo cual hace que niños con mucha imaginación hace 45 años más o menos (yo), pensáramos que aquello en verdad fue una especie de genocidio.
Hoy día de los Santos Inocentes, pensé en hacer una columna de bromas y relatos chuscos de fantasía, porque es la tradición en estas fechas. Sin embargo, no quiero ni puedo hacerlo, porque la opinión pública, o al menos ese microcosmos de ella al que tengo alcance vía Twitter, está volcada en el escándalo de plagio de tesis de la ministra Yasmín Esquivel, recientemente nombrada en la Suprema Corte de Justicia de la Nación a sugerencia del presidente de la República.
Dice mi amigo Alejandro Hope que lo malo de las teorías de la conspiración es que por definición, no pueden probarse. Si no existen pruebas contundentes de cierto hecho, los conspiranoicos siempre dirán que la conspiración estuvo tan bien urdida y tramada que todas las evidencias de que ocurrió desaparecieron. En este caso, las evidencias son contundentes. Guillermo Sheridan, un cazaplagiarios implacable, descubrió que la tesis de licenciatura de la ministra es casi una copia fiel de una tesis presentada un año antes por otro alumno de la UNAM, Edgar Ulises Báez. También he leído que hay al menos cuatro tesis con características similares.
El presidente ya medio abandonó a la ministra, sin abandonarla. Claro, ha dicho cosas como que con los neoliberales había más plagio, y que quien esté libre de culpa tire la primera piedra – pero también ha dicho que no es cierto que ella sea su candidata a la sucesión del presidente saliente de la Corte.
La deshonestidad académica era un fenómeno generalizado en México a finales del siglo pasado. Hoy en día quizá no lo es tanto, por varias razones. Primero, hay software que ayuda a detectar los plagios. Segundo, muchas universidades han instaurado mecanismos de evaluación a prueba de copia, o que evalúan otros aspectos del desempeño de los estudiantes, como el trabajo en equipo. En ciertas disciplinas, como las ciencias exactas, es muy difícil para un plagiario salirse con la suya porque la factibilidad científica de la tesis y su originalidad son mucho más fácilmente corroborables que en las ciencias sociales. El derecho, por la cantidad de estudiantes y aspirantes, debe ser una disciplina en la cual era difícil encontrar una tesis plagiada, hasta que los archivos de tesis universitarias se digitalizaron. La tecnología es lo que ha permitido que Sheridan encuentre el plagio, y que la sociedad lo corrobore y hable de él. Es precisamente el liberalismo económico, y la tecnología que este ha producido, la que permite que la sociedad se entere del pecado de juventud de la ministra.
Los únicos que han dicho algo relevante son los académicos de la FES Acatlán. Alguna autoridad tendría que pronunciarse en el tema. La Corte ya se tardó en decir algo. La evidencia es suficiente para que un juzgador emita juicio. La SEP tendría que revocar la cédula profesional. Por supuesto, nadie quiere desatar la ira presidencial. Cuando al presidente Peña le acusaron de algo parecido, la Universidad Panamericana se quedó callada, y eso manchó su reputación. Ojalá esto pare en las personas, y no destruya las instituciones. Para que eso ocurra, las instituciones tienen que actuar. Dudo que ello ocurra.
Feliz 2023. A todos, menos a los que plagiaron sus pruebas académicas, especialmente las más importantes. Y mucho menos, a los que se amarran a sillas técnicas sin tener la solvencia académica para hacerlo.
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