Antes, en la otra época, previo a que hiciéramos historia juntos, cuando los malos dominaban –lo cual explicaba todos los males que nos aquejaban–, la vida estaba contenida y dependía de lo que sucediera en cada elección. Los sexenios, al igual que los siglos en la historia de las ciencias sociales, marcaban nuestra vida. La designación de los sucesores por medio del famoso dedazo era –y en cierta forma sigue siéndolo– una demostración de que, con Hernán Cortés o sin él, con 300 años de dominio o sin ellos, el alma de esta nación no había cambiado. En esa época a la que hago referencia, estar cerca y aceptar los designios de quien estaba al mando era en sí mismo todo un proyecto de vida y, desde luego, lo más importante y honrado que se podía hacer desde el punto de vista político.

Es claro que es malo tener un Estado donde el gobierno sea tu enemigo. Pero es peor tener un Estado donde no exista un gobierno. Ahora, en este momento en el que ya resulta imposible detener las fuerzas de la naturaleza. Hubo un día en el que un meteorito rompió todos los equilibrios del planeta Tierra y lo configuró tal como es. Hoy, por poner algún ejemplo, el desequilibrio es cada vez más notorio y afecta de manera más significativa. Vea el suelo de la península de Yucatán y compruebe el desgaste que ha tenido una zona que en algún momento fue la casa del dios Tláloc y donde abundaba el agua y la vegetación era basta. Actualmente, estamos siendo testigos del desastre económico y el ecocidio que se está llevando a cabo en esta región, y todo porque alguien sentía que el Tren Maya era necesario, simplemente porque se tenía la idea de esto.

El Tren Maya, que pareciera que fue diseñado por Julio Verne –en el sentido de que atravesará todo el ecosistema yucateco, como si fuera una representación de los monstruos soñados por el autor francés–, lleva camino a ser un gran fracaso y una tragedia humana en todos los sentidos. Pero no importa, los pueblos que no reconocen la capacidad de locura en sus dirigentes no son pueblos generosos ni merecen la oportunidad de tener un líder peor que el que tienen en ese momento. Y es que no es que los pueblos tengan a los líderes que se merecen, sino que son gobernados por los dirigentes que más se parecen o empatan con su realidad.

No hablaré de la refinería de Dos Bocas ni hablaré de los resultados que hasta este momento ha arrojado el AIFA, aeropuerto que –dicho sea de paso– me confieso seguidor. Creo que al país le iría mucho mejor si existiera lógica en el actuar público y si los movimientos financieros y estratégicos los empleáramos en estrategias u obras que verdaderamente perduraran, y no como un ejercicio supremo de la sabiduría que da el poder. En México no buscamos que las obras se justifiquen en la utilidad pública, aquí buscamos que las obras se hagan como afirmación de nuestra personalidad. En nuestro país basta con que el dirigente en turno dé visto bueno de lo que se va a construir o realizar para que se lleve a cabo. Y se hace sin importar que lo hecho sea una repetición del esquema militar de la Batalla de Celaya, hecho que tan genialmente describe el autor Pérez-Reverte, para llegar a entender tan bien las claves del comportamiento de los héroes revolucionarios mexicanos.

Así como Pancho Villa se empeñó en no quedarse con nadie en la reserva y condenó a toda la División del Norte a caer en la zona abierta y en la trampa que era el cruce del río Laja, el presidente López Obrador se ha empeñado en que sus obras insignia se concluyan a costa de lo que sea. No importa lo que cuesten, cuántos mueran, cuánto se destruya –como en el caso del Tren Maya– ni si en su consecución nos quedemos sin soldados dispuestos a conservar la seguridad nacional. Para el Presidente de México lo único que importa es que todos sus deseos sean cumplidos, sin considerar si éstos llevan o no la lógica necesaria.

Entramos en el inicio del final. El 2023 será el último año de la administración de López Obrador, aunque no estoy seguro de que sea el último de su movimiento. Un movimiento que aún no es claro qué defiende ni cuáles son sus objetivos o intenciones. Y aquí vuelvo a preguntar, ¿qué es la 4T? Nadie ni nada, salvo la voluntad incólume de su dirigente, podrá explicar bien qué fue y ha sido este experimento. Pero lo que es verdad es que, para que quede claro que nosotros moriremos de pie, en la carta en la cual los dos presidentes –López Obrador y Biden– se felicitan por los 200 años de la relación bilateral, el líder mexicano aprovechó para volver a pasar la factura. Si bien en dicho documento no le pidió al pueblo estadounidense –como lo hizo con el español con el tema de los abusos de la Conquista– una disculpa, sí tomó la oportunidad para recordar que, en ocasiones, nuestra relación fue caracterizada por el enfrentamiento y la guerra –lo cual es verdad– y que seguimos siendo el pueblo que sufrió una invasión-robo perpetrada por ellos en 1848. Una intervención a la que Abraham Lincoln no sólo calificó como inmoral, sino que además hizo pública su postura en defensa de México.

Dicho está. Nuestra honradez nacional vuelve a estar escrita en papel con letras de oro desde el Palacio Nacional. Sin embargo, lo que es importante es que nadie sabe cómo se escribirán los siguientes capítulos de la relación más importante para nuestro país. Para empezar, hay que señalar que somos el primer socio comercial de Estados Unidos, con un intercambio superior a los 449 mil 824 millones de dólares en lo que va del año. Esto nos coloca en un punto en el que deberíamos considerar que tener razón y tener valor para mirar de frente al poderoso y decirle la verdad no debería ser contradictorio con el triste ejercicio de comer tres veces por día. Además, llegamos a este momento de la historia con paneles pendientes y con el recuerdo y la herida abierta de lo que significa estar tan lejos de Dios, pero tan cerca de Estados Unidos.

Me aburre escribir y hablar sobre el dirigente nacional actual que ha llevado al país a donde está. Primero, porque es injusto atribuirle a él todo el mérito, o bien por haberlo votado o bien por no haber tenido la responsabilidad que requería la ocasión, todos somos partícipes de la realidad nacional y de este momento.  

Lo que actualmente vivimos como nación y como mundo es algo inédito. El planeta tiene que reorganizarse y establecer la estructura y los modelos que regirán el futuro. Inevitablemente, al pensar en ello, uno mira el panorama y se pregunta por qué tenemos la maldición de tener unos gobernantes con tanto tirón popular, pero, al mismo tiempo, con un programa tan fatalista de querer hacer historia a base de derrotas y no de victorias.

El T-MEC estallará en 2023. Que nadie se equivoque, hace tiempo que Estados Unidos entendió que este gobierno mexicano, o intentaba darles el avionazo o pretendía verles la cara. O, lo que es lo mismo, que cada oportunidad dad era una oportunidad tirada al viento de la historia, ya que realmente aquí nunca se quiso cambiar. Llevamos 200 años sin contestar la pregunta sobre si podemos vivir sin los estadounidenses, y es que durante muchos años vivimos en contra de ellos. El tema es que ahora, ambos buscamos hacer lo mismo en ese espacio en común que llamamos América del Norte.

Celebremos con alegría estas fechas porque nadie, absolutamente nadie, sabe cuándo volverá a haber una Navidad ni en qué consistió el milagro de la cuatro ¿qué?

Felices fiestas. Feliz vida. Volveremos con este Año Cero el próximo 2 de enero.