Puesto que esta columna se ocupa de asuntos internacionales y su relación con México, hoy les escribo sobre el evento, si no más trascendente, sí el que más impacta a la población del planeta. Me refiero a la Copa del Mundo de Futbol que se juega en Doha, capital de Qatar.
Este es un Mundial viciado de origen. Qatar obtuvo la sede por medio de sobornos, engaños y complicidades con los altos directivos de la FIFA. Es decir, con mucho, muchísimo dinero destinado a comprar conciencias, sabedor de que, en el último análisis, lo que le importa a la FIFA y a las federaciones nacionales que la integran, es el dinero.
Lo anterior no está a discusión. Se descubrió por una investigación que hizo el FBI, y que involucró al entonces presidente de FIFA, Joseph Blatter, y a diversos personajes de las confederaciones, empezando por Concacaf. ¿Se acuerdan del robusto Chuck Blazer, mandamás de Concacaf? Fue quien destapó el escándalo a cambio de inmunidad. De manera milagrosa, no resultó salpicado ningún mexicano, aunque sé que muchos se preocuparon, y mucho.
Y es que entregar la sede a Qatar fue una locura. Un país con cero tradición futbolística, cuyo clima extremo obligó a reprogramar las fechas del torneo para fin de año, y aun así, todos los juegos son de noche por el intenso calor. Un país en el que, por su religión, está prohibido el consumo de alcohol, y que trata a sus mujeres como ciudadanos de segunda clase. A todo tenían respuesta los organizadores. Iban a permitir la venta de cerveza, y una semana antes de comenzar, se echaron para atrás, y sólo se permite en zonas registradas. Excepto, claro, para los jeques que tienen palco, y donde fluyen todo tipo de bebidas. Eso sí, construyeron todos los estadios al vapor, y, la verdad, les quedaron hermosos. Tienen tanto dinero, que acabando el Mundial van a derrumbar algunos y a reducir el cupo de otros. No quiero ni imaginar lo que se gastaron las docenas de miles de mexicanos que hicieron el viaje.
Ahora, a lo deportivo. México llegó al torneo con un proceso de calificación realmente desastroso. En nuestra zona, Concacaf, donde normalmente dominamos, quedamos en segundo lugar, detrás de Canadá y apenas arriba de Estados Unidos y Costa Rica, pero jugando horrible. El técnico, Gerardo Martino, tenía una trayectoria importante, y le deben haber pagado una carretada de dinero, pero decepcionó. En 1978, en Argentina, fue la última vez que un equipo mexicano fue eliminado en primera ronda. Lo recuerdo vivamente, porque estuve ahí. Ahora, nos volvió a ocurrir. Es decir, dimos un paso (o varios) atrás.
El problema eterno del futbol mexicano no son los jugadores. En el único partido que jugaron bien, contra Arabia Saudita, varios jóvenes enseñaron que el relevo generación es posible. El problema es, y siempre ha sido, el manejo de los dueños en la Federación Mexicana de Futbol. Y cada vez están peor. La ambición del dinero los domina por completo. No conozco al señor Yon de Luisa, el ahora presidente, que se pasea por Qatar con una delegación de más de 100 personas. Pero su gestión al frente de Femexfut ha sido un completo desastre. Ninguna de nuestras selecciones calificó para sus torneos mundiales. Ni la olímpica, ni la femenil, ni la sub-17. Ninguna. Y ahora quedamos fuera del Mundial.
Eso sí, nuestra selección es la que más partidos de preparación juega en el mundo, casi todos ellos en Estados Unidos contra rivales menores, porque tienen garantizados los llenos y las montañas de dólares. La calidad del futbol mexicano les importa poco. Desde que cancelamos nuestra participación en la Copa América, donde jugábamos contra equipos importantes, nos quedamos sin ese roce internacional tan necesario. La Libertadores, igual.
Si no se deciden a cambiar estructuras, empezando por el número de extranjeros, revivir el ascenso y el descenso, y poner a gente capacitada al frente de Femexfut, estamos condenados. Ya estuvo bien.
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