Hay un hecho que, para mal, es el más importante en la vida pública de México. Este hecho es el sometimiento de las masas al poder presidencial. Nuestro país sufre ahora la más grave crisis que cabe padecer. Tiene nombre. Se llama la sumisión de las masas.

El párrafo anterior parafrasea el comienzo de La rebelión de las masas, serie de artículos publicados en la prensa en 1927 y que ese mismo año José Ortega y Gasset reuniría en un libro con el mismo título. El filósofo español prefiguró en ese texto lo que ocurriría con las masas, que de nuevo sujeto social se convertiría en carne de cañón de los movimientos fascistas que consumirían Europa en los años treinta. Mucho me temo que ahora las masas en México sean utilizadas para cimentar el gobierno antidemocrático que encabeza Andrés Manuel López Obrador.

El espectáculo ha sido lamentable: videos con funcionarios condicionando programas sociales si no acuden a la marcha oficialista, circulares de los mandos a los subordinados recordándoles que se pasará lista de asistencia, militares vestidos de civiles para nutrir la marcha organizada desde y para el poder del presidente, acarreo abierto, compra de voluntades sin disimulo, coacciones sin disfraz, todo para hinchar el ego de un hombre que se apresta, desde el poder, a asaltar el poder, para perpetuarse en la silla, él o alguna de sus marionetas.

López Obrador comenzó, hace un par de semanas por minimizar la marcha ciudadana. Pero su coraje era evidente. Dedicó ocho de sus conferencias a insultar a los participantes. Cuando se dio cuenta de que estos se habían organizado en 50 ciudades del país y de que marcharon más de un millón de personas, cambió de estrategia: él también convocaría a su marcha. Afirmó primero que no habría acarreados y que no se gastaría ni un sólo centavo del dinero oficial. Otra vez volvió a mentir. No debemos acostumbrarnos a que nos mienta. Hay que señalar sus mentiras una y otra vez. El presidente volvió a faltar a la verdad. La marcha oficial es de acarreados. No van, los llevan. Muchas mantas decían: “Vengo acarreado porque amo a mi patria”. El presidente mismo afirmó que sería una marcha de acarreados “pero contentos”. Se calcula que la marcha oficial costó más de mil 500 millones de pesos. Dinero gastado con un sólo fin, no debemos engañarnos: conservar a López Obrador en el poder.

Conservarlo a como dé lugar. Con militares y marinos si es necesario (para eso los sobornó entregándoles contratos, aduanas y puertos); con el crimen organizado (como ya lo hizo en Colima, Michoacán, Nayarit, Sinaloa, Sonora y Baja California); intentando apoderarse del INE (que no era otra la intención de su reforma electoral). Ahora sabemos que utilizará también a las masas como fuerza de choque contra los ciudadanos, poniendo en evidencia la función esencial de los programas sociales: te doy dinero a cambio de que me ayudes a conservarme en el poder.

Existen muchos ingenuos que creen que López Obrador no busca reelegirse o prolongar su periodo presidencial. “¡Pero si firmó ante notario que no lo haría!”, dicen. Como si le importara la ley. En 2004 afirmó en repetidas ocasiones que lo dieran por muerto, que a él lo habían elegido como Jefe de Gobierno. Mintió. Hizo todo lo posible para acceder a la presidencia. Cuando fracasó, intentó dar un golpe de estado blando. Amenazó y agredió a los ministros del Tribunal Electoral. Utilizó cientos de millones provenientes del sindicato de electricistas para bloquear Reforma. Si hubiera ganado en 2006 lo tendríamos todavía sentado en la silla en 2022.

En sus inicios como líder, López Obrador organizó marchas para secuestrar pozos petroleros. Luego, ante cada fracaso electoral en Tabasco, organizó marchas hasta la Ciudad de México. Aquí recibía dinero y se marchaba a su estado a seguir fortaleciendo su movimiento. Cuando Fox intentó desaforarlo por haber violado recurrentemente la ley, organizó multitudinarias marchas en torno a su figura victimizada. Es uno de sus recursos más socorridos. Ya en el poder le fue difícil volver a vestirse de víctima. La marcha de ciudadanos del 13 de noviembre volvió a activar sus instintos. Con una diferencia: antes organizaba sus marchas con dinero de oscura procedencia y sus filas se nutrían de auténticos creyentes. Luego de cuatro años en el poder, de 700 mil muertos por Covid y más de 140 mil asesinados debido al fracaso de su plan de seguridad, la marcha sólo ocurrió en la Ciudad de México, con recursos multimillonarios extraídos del erario público y nutrida de burócratas.

No todos los que marcharon lo hicieron obligados. Miles de personas marcharon por auténtica convicción. Marcharon movidos por la fe. El fenómeno ha sido estudiado desde hace siglos. Ettiene de la Botie lo llamó “la servidumbre voluntaria”. Las personas renuncian a su libertad y se entregan al personaje autoritario. Estos siervos de López Obrador (que no de la nación) creen sinceramente que éste ayuda a los pobres (aunque su número haya aumentado), sienten cotidianamente los efectos de la inflación y lo disculpan, los asaltan rumbo a su trabajo y no le pasan al gobierno la factura. Se trata de multitudes obedientes. Una fuerza de choque que López Obrador no vacilará al momento de arrojarla en contra de los ciudadanos que exigimos libertad, de expresión, de voto y de circulación.

Cientos de miles marcharon ayer para consolidar el poder de López Obrador, que en estos días ha instruido a los trabajadores a su servicio que desestimen las órdenes de los jueces y pisoteen la justicia. La sumisión de las masas prefigura, sin lugar a dudas, una nueva política autoritaria.