Cada mañana es una buena oportunidad de intercambiar ideas y pensamientos con mi pequeña Sara. La mayor parte de las veces es un monólogo de parte de ella en el cual dominan los temas de los animes o de Star Wars. Como no se mucho de estos temas, mi participación se concreta a preguntar o a asentir sobre lo dicho.
Hace días fue diferente. A unos cuantos días de que terminen sus clases regulares y empiecen los exámenes finales, Sara me decía que estaba a punto de concretar un semestre más y terminar el sufrimiento. El sentimiento era similar, me decía, al de Mike Wazowski cuando al fin se deshicieron de la pequeña Boo: La pesadilla acaba.
Evidentemente, existe algo en la mente de mi Sara que me dice que no disfruta por completo su experiencia preparatoriana. Le gustan algunas materias, pero no disfruta mucho de las tareas y de los trabajos que tiene que hacer. En especial, sufre mucho con los trabajos en equipo porque siempre tiene que estar al pendiente de la participación de sus compañeros, la cual no siempre es muy puntual. Las levantadas temprano tampoco son muy agradables. Entonces, terminar este ciclo se ve como un gran alivio, como un verdadero final a la pesadilla.
Esta situación me dejó pensando en un tema que me da vueltas desde hace tiempo: ¿Por qué no podemos disfrutar de las clases o del trabajo durante los días de lunes a viernes? ¿Por qué ansiamos tanto que llegue el fin de semana, o en el caso mencionado de Sara, el fin del periodo de clases? ¿Por qué consideramos el camino como una carga y no como una oportunidad de disfrute?
Mucho se ha escrito acerca de que la felicidad no consiste en una meta, sino en un trayecto. De hecho, algo que repito constantemente en mis conferencias es relacionado con esta idea. El mensaje, derivado de una charla que le escuché a Sonja Lyubomirski, es que la felicidad no es algo que una vez que la logramos podremos entonces ser felices para siempre.
La analogía que maneja Sonja es que alcanzar la felicidad es como alcanzar el peso ideal para nuestro cuerpo. Si, la tarea implica un esfuerzo especial como idas al gimnasio, reducir el sedentarismo, comer saludable y dormir bien, entre otras actividades. Pero una vez que llegamos a la meta, no podemos sentarnos a descansar. Para mantener el peso ideal necesitamos seguir conservando esos hábitos que nos llevaron a tener una mejor salud física.
Sucede algo parecido con la felicidad. Alcanzar un estado en el que podemos disfrutar de la vida requiere de una serie de hábitos y aprendizajes que están al alcance de todos nosotros. Cierto, implica algunos cambios y algunos sacrificios, pero al final, como en el caso de la salud física, vale mucho la pena. Y una vez que encontramos esos hábitos y esas actividades que nos generan una buena vida, no podemos dejarlos atrás, so pena de regresar al estado que teníamos previamente.
Entonces, la vida es un constante caminar, ya sea para lograr o para mantener una buena vida. La pregunta de siempre es ¿Cuál es el secreto de la felicidad? Como ya lo he comentado previamente, el secreto es ponerse a trabajar hasta encontrar ese caminar que nos haga sentir que somos felices y, a partir de ahí, no dejar de hacerlo.
Y si, la felicidad se convierte en disfrutar ese andar, aprovechando al máximo lo que la vida nos ofrece. No se trata tanto de llegar a la meta, sino más bien, de disfrutar el trayecto. No es tanto alcanzar el éxito, sino disfrutar la competencia. Viene a mi mente aquella canción de Alberto Cortez que decía: Prefiero más que llegar, pensar que ya voy llegando, andar por andar andando, caminar por caminar.
Con frecuencia, para llegar a la meta o para alcanzar el éxito necesitaremos que algunas estrellas estén alineadas. Es posible que hagamos todo de una manera adecuada y al final algunas circunstancias evitarán que logremos lo que buscamos. Y aun así, podremos disfrutar de la vida porque el camino ha sido agradable, porque el trayecto nos ha parecido disfrutable.
¿Y qué tiene que ver todo esto con la pesadilla de la escuela de Sara o del trabajo de lunes a viernes? Tiene que ver todo. Alcanzar una vida feliz consiste en querer lo que hacemos, más que en hacer lo que queremos. Cierto, existen ciertas etapas en la vida en las que tenemos que realizar actividades que no son de todo nuestro agrado. Estudiar la prepa o trabajar en un lugar que no nos fascina pueden ser ejemplos de ésto. Pero aun así, una actitud positiva nos ayudará mucho a hacer más llevadera la carga de esas actividades.
No todos tenemos el lujo de escoger el trabajo que queremos. No todos tienen la fortuna de encontrar en sus estudios el ambiente, los profesores y las materias que les agradan. Tal vez si consideramos que algunas etapas no tan agradables son necesarias para lograr una vida en donde tengamos más control puede que eso nos de la fuerza para seguir adelante y para poder disfrutar el trayecto.
Si, la felicidad está en el camino. De nada sirve que la meta sea muy ambiciosa si no podemos disfrutar el trayecto. De nada sirve el sacrificio en el caminar si no sabemos con precisión si habremos de llegar o, si es que llegamos, no sabremos si la meta será tan fantástica como la imaginamos.
De nosotros depende disfrutar de la vida, lleguemos o no a la meta.
El autor es consultor y conferencista en los temas de felicidad, bienestar y calidad de vida.
Correo: pepechuy13@gmail.com
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