El 80 por ciento de los mexicanos, según muestra una encuesta reciente, está satisfecho con que el Ejército se encargue de las tareas de seguridad. Ante la incompetencia del gobierno para hacer frente a la delincuencia organizada, los mexicanos quieren mano dura.
Esta preocupante cifra provocó con razón una respuesta airada de la crítica independiente y de la oposición. La dirigencia de Morena, que antes repudiaba esta medida, ahora la aplaude: la congruencia no es lo suyo. En las áreas de inteligencia del Ejército también leyeron esta encuesta, y es muy probable que actúen en consecuencia.
A finales de 2017 y comienzos de 2018, en vísperas de la elección presidencial, aparecieron encuestas de Latinobarómetro y del INE que medían el sentir de la población en diversos rubros. Estos indicadores mostraban el bajo apego que los mexicanos tenían por la democracia y la simpatía con la que veían la llegada de “un hombre fuerte”. Los resultados de las elecciones confirmaron lo que las encuestas señalaban: los mexicanos eligieron como presidente a un político que ha demostrado desdén por la democracia y que no vaciló al poner al Ejército al frente de la seguridad pública, a pesar de que en campaña en múltiples ocasiones ofreció retirar al Ejército de las calles y mandarlo a los cuarteles. Esto explica también la popularidad del presidente a pesar de los pésimos resultados de su gobierno.
Cansados de los magros resultados de la democracia, los mexicanos anhelaban para resolver sus problemas un mandatario autoritario. Eso tenemos y eso aplauden.
A la luz de lo anterior, ¿cómo no leer con preocupación que 80 por ciento de los mexicanos quiera al Ejército en las calles? Y no solamente ahí: las modificaciones a la ley que la mayoría morenista aprobó por sorpresa (falta el Senado) posibilitan que los militares realicen labores de inteligencia y espionaje a civiles.
Hace pocas semanas en varias ciudades del país vimos con horror cómo se multiplicaron los actos terroristas: narcobloqueos, incendios de tiendas y camiones, disparos contra la población civil. El presidente minimizó estos graves hechos. Semanas después, la bancada de Morena presentó sorpresivamente el viernes por la noche la iniciativa de reforma a varias leyes que posibilitan el mando militar de la Guardia Nacional y la Sedena como responsable de la seguridad pública. ¿Se provocó o se consintió la violencia para justificar medidas que militarizan al país?
Las Fuerzas Armadas controlan las aduanas, los puertos y desde hace algunas semanas el aeropuerto de la Ciudad de México. Impiden el paso de los migrantes en la frontera sur y hacen labores de albañilería en los proyectos emblemáticos del presidente. Ocupan cargos en la administración pública. ¿Qué sigue?
¿Es el presidente el que les impone estas tareas o el Ejército el que se las impone al presidente? El Ejército avanza en el control de áreas estratégicas de la vida mexicana. ¿Veremos pronto que Morena les abre la puerta para su participación en política? Peores sapos han tragado. ¿O no hay necesidad de ello ya que controlan al presidente?
Hace unos días el subsecretario de Gobernación, Alejandro Encinas, lanzó graves acusaciones contra el Ejército y contra un prominente militar en activo en relación con Ayotzinapa. ¿Qué siguió a estas acusaciones? Silencio e impunidad.
Los militares dominaron casi todos los países latinoamericanos durante una buena parte del siglo XX. México fue la excepción. Terminada la Revolución, civilistas y militares se disputaron el control del país. No fue sencillo desarmar a los militares y concentrarlos en sus cuarteles. Mediante cañonazos de dinero, cesión de extensas propiedades y concesiones comerciales se les pudo domeñar. A finales del siglo XX, gracias a la oleada democrática que recorrió el continente, los civiles recuperaron el control político. Hoy el poder militar, de derechas y de izquierdas, ha vuelto a asomar la cabeza en varios países del subcontinente gracias a la oleada populista que recorre nuestros países.
Al final de Guerra en el paraíso (1991), novela que retrata con crudeza las operaciones militares en Guerrero, Carlos Montemayor realizó un interesante ensayo de no ficción. Reunió a un grupo militares de alto rango, y bajo la promesa de no revelar sus nombres, los dejó exponer su visión de México luego de la extensa operación que habían llevado a cabo con el pretexto de la lucha contra la guerrilla. Los militares convocados revelaron a Montemayor que para ellos esas operaciones habían servido como ensayo de una ocupación castrense a nivel nacional.
En política los espacios vacíos de inmediato se ocupan. La incapacidad del presente gobierno en materia de seguridad ha abierto la puerta a la presencia militar, y ésta ha ido avanzando durante los cuatro años que llevamos del sexenio. Sin duda será una labor titánica para el próximo gobierno acotar el excesivo protagonismo que ha adoptado el Ejército en estos años. ¿Qué nos espera? ¿Un México bajo la bota militar?
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