El término bienestar está muy presente en el discurso y la programática de la actual administración pública en México, donde refiere regularmente el objetivo de parte del gobierno de procurar la mejora en el estado de vida de los residentes nacionales.
Desde el ámbito de estudio de la ciencia económica el bienestar contempla una fuente material y otra inmaterial, la primera dimensionada a través del ingreso o el gasto de los hogares y la segunda que corresponde a la percepción de felicidad y la satisfacción con la vida de cada persona.
En este ensayo se aborda la tendencia reciente que ha seguido la parte material del bienestar en México asociada directamente con el crecimiento del valor de la producción, el cual proviene del aumento de los factores trabajo y capital destinados a la producción de bienes y servicios, así como del aumento en la denominada productividad total de los factores que engloba los cambios tecnológicos, institucionales, sociales y organizacionales, que influyen en el crecimiento del valor de la producción.
Entre los diferentes métodos para obtener los sumandos del crecimiento del valor de la producción anual (CVP), se encuentra el de la contabilidad del crecimiento, el cual ha sido empleado recientemente por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) para estimar la contribución de cada factor al CVP y la productividad total de los factores. Las cifras estimadas por INEGI abarcan los últimos 30 años.
El INEGI ha contemplado en estas estimaciones no sólo el trabajo y el capital, sino también la energía, los materiales y los servicios que inciden en la creación del valor de la producción, igualmente, el factor capital lo ha dividido en dos partes: equipos de cómputo, comunicación y software (TIC); y el resto (no TIC). La contribución de cada uno de estos factores aunada a aquella que proviene del cambio tecnológico, institucional, social y organizativo, compone el CVP.
La cifra revisada de la tasa de crecimiento medio anual real (base 2013 = 100) del valor de la producción entre 1991 y 2019 es 2.609 por ciento, mientras que la cifra preliminar para el periodo 1991 a 2020 baja a 2.212 por ciento. Si no incluimos el 2020, año de la pandemia donde la baja en producción fue notable y las condiciones de uso y aplicación de los recursos sufrieron cambios importantes, el aporte de cada factor de producción a esta tasa fue como sigue: 1.285 al capital no TIC, 0.093 al capital TIC, 0.372 a los servicios laborales, 0.018 a la energía, 0.870 a los materiales, 0.313 a los servicios para la producción y el residuo denominado productividad total de los factores de -0.342, el cual generalmente es interpretado como el efecto del cambio tecnológico, institucional, organizacional y/o social y que en este caso más que significar un aporte al crecimiento, lo redujo en una cantidad equivalente al aporte proveniente de los servicios laborales.
Es notorio que, en el periodo estudiado, el aporte más importante al crecimiento proviene del capital. Este resultado coincide con el de otros estudios para México y que contemplaron años previos a la apertura comercial. Vivimos en una era donde el capital TIC está presente con mayor o menor intensidad en todos los sectores de la actividad económica, por su parte, vemos que la contribución de éste al crecimiento del valor de la producción a nivel país ha sido pequeña. Este resultado coincide con el encontrado por Jordá-Borrel y López-Otero quienes, en su estudio publicado en 2020 contemplando datos de 90 países en desarrollo, señalan que el aporte de capital TIC sólo se ve maximizado en la presencia de financiamiento, formación de proveedores locales y mercados externos grandes y accesibles.
En las tres décadas que abarcan las estimaciones de la contabilidad del crecimiento ha habido alzas y bajas con una tendencia decreciente en la media real de crecimiento anual del valor de la producción. Es evidente que, como sociedad, debemos construir las bases para que los nuevos desarrollos tecnológicos, institucionales y sociales ya sean importados o nacionales, signifiquen el aumento en el bienestar que el grueso de los hogares mexicanos sigue anhelando y no el sobrepeso que hasta ahora representan para el sistema.
El autor es economista del Tecnológico de Monterrey con Maestría en Economía y Doctorado en Ciencias Sociales de la UANL. Actualmente es profesor e investigador del Departamento de Economía del Tecnológico de Monterrey, miembro del SNI, nivel 2. Su correo es jsalazar@tec.mx
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