La refinería de Dos Bocas es el ejemplo más reciente del abismo entre la realidad y las fantasías de Andrés Manuel López Obrador. Ayer el tabasqueño presentó un informe de gobierno abundante en imaginación y escaso en hechos, pero son sus obras, de las que está tan orgulloso, las que están mostrando que el emperador ha caminado desnudo mientras presumía traer finos ropajes.

El tabasqueño dejó a millones de mexicanos sin salud, pero puede prometer (otra vez) que en un año se concretará ese sistema tipo Dinamarca. Al cabo que esas familias con enfermos y muertos son invisibles, no hay forma de cuantificar el desastre que significó destruir el Seguro Popular. El daño a las escuelas y a la educación es igualmente brutal, pero tampoco tan evidente. Los millones de nuevos pobres están en la estadística, pero el Presidente presume que millones reciben sus pensiones y están mejor.

Pero la refinería fue inaugurada a principios de julio (había que festejar en grande el triunfo en las urnas de 2018), y por supuesto, no produce una sola gota de gasolina. No lo hará este año ni tampoco el próximo. Quizá hasta 2026 estará funcionando realmente la planta tabasqueña, y para que eso ocurra será necesario invertir miles de millones de dólares más. Es una coladera de dinero, en tanto, los enfermos de cáncer mueren por falta de quimios.

En 2019, López Obrador ofreció a diversas multinacionales que lideraran el proyecto de Dos Bocas, con dos condiciones: debían terminarla en tres años y con un presupuesto de ocho mil millones de dólares. Ninguna aceptó esos términos, alegando que eran imposibles de cumplir. Y entonces, el Presidente anunció que la obra la haría Pemex, en ese tiempo y quizá hasta por menos dinero.

Ahora dice que el costo va a aumentar, ya se habla de 20 mil millones de dólares (150 por ciento superior al presupuesto original) porque algunas partes no se habían considerado, incluyendo los gasoductos y la planta de generación eléctrica necesaria. A la luz pública, por fin, las mentiras y fantasías, aparte de la ineptitud de los responsables del proyecto.

¿Cuántos funcionarios han renunciado, o han sido despedidos, ante el fiasco? Ninguno. Los culpables en esta ocasión son, entre otros, los tubos del futuro gasoducto, como los responsables de la muerte de 27 personas en la Línea 12 del Metro fueron los pernos. El Presidente manifestó con absoluta campechanía que no había problema porque nadie estaba lucrando con la construcción de Dos Bocas. El pueblo puede estar tranquilo: debe pagar muchísimo más dinero, pero da igual porque nadie va a obtener ganancias, según AMLO.

Una refinería que no refina un solo barril de crudo se une a un aeropuerto al que nadie quiere ir para viajar, juntos agregándose a la obra de un tren que representa un desastre ecológico y cuyo proyecto se ha modificado una y otra vez sobre la marcha. Son, junto con otros desastres como el INSABI, la mejor representación del sexenio obradorista: la improvisación e ineptitud más absolutas a costa de perder a carretadas el dinero de los contribuyentes.

López Obrador vendió a los mexicanos un coche que, les presumió, iba a ser bueno aparte de bonito y muy barato. Una maravilla de la ingeniería mexicana pues no se habían atrevido a entrarle los extranjeros. Ahora anuncia que ahí está el coche, ya listo, solo que no puede moverse porque no tiene motor ni tampoco llantas. Una representación extraordinaria de AMLO y sus fantasías.