Óscar Mario Beteta.

Dentro de exactamente un año, México nuevamente tendrá elecciones presidenciales. Faltan nada más 365 días… y la oposición de este país sigue perdida en el espacio, por decir lo menos.

Apenas la semana pasada, ya con el reloj en contra y con un oficialismo con una campaña que lleva alrededor de un año de delantera, el presidente del PAN, Marko Cortés, dijo que su partido está abierto a la ciudadanía, aunque con condiciones.

El pequeño detalle es que si usted quiere ser aspirante debe juntar nada más un millón de firmas del padrón electoral en 17 estados del país.

“Los líderes de la oposición en México estamos construyendo una serie de requisitos de competitividad que deberán cumplir las y los aspirantes a la presidencia de la República, para así garantizar que el proyecto lo encabece la candidatura más competitiva, para que quienes aspiren a la presidencia de la República cuenten con un mínimo de conocimiento social, así como un mínimo de intención de voto, además de contar con el respaldo social de al menos el 1.0 por ciento de firmas de apoyo del padrón electoral en 17 entidades”, dijo Cortés después de enterarse que su aliado en Va por México, Alejandro Moreno, dirigente del PRI, sostuvo que él será el candidato a la Presidencia.

No terminan de ponerse de acuerdo y no hay candidato o candidata a la vista. Y es que el principal problema de los partidos políticos en México son sus dirigentes. Ellos son los que quieren imponerse o imponer a sus candidatos. Ellos son los que se reparten el pastel. ¿Y la ciudadanía? Nada más mirando.

Esto es lo que dificultará a la oposición elegir a un o a una aspirante que sea competitivo(a) frente a la oposición que presente Morena, porque ningún candidato que designen el PAN, el PRI o el PRD estará por encima de las dirigencias de los partidos y de los designios de Alito, Marko Cortés y hasta Ricardo Anaya.

Una lección que deberían considerar y aprender viene de democracias con una mayor madurez política, como la de Estados Unidos.

Allá los dirigentes de los partidos Republicano y Demócrata no importan y sus protagonismos son casi inexistentes. ¿Sabe usted quiénes son el presidente del Partido Demócrata y la presidenta del Partido Republicano? Seguramente no, porque Ronna McDaniel y Jaime Harrison lo que han hecho es hacerse a un lado y en los tiempos electorales se ciñen estrictamente a su función, que es vigilar que estén dadas las condiciones para elegir a un candidato o candidata que les garantice el triunfo.

Las dirigencias en EU a final de cuentas no importan porque no imponen. Mucho menos a la hora de designar candidaturas, pues éstas tienen su base en la tradición de los caucus y en las elecciones primarias, dos formas en las que el pueblo ayuda mediante su voto a los estados y a los partidos políticos a elegir un candidato competitivo que saldrá de una convención nacional.

Así, los candidatos y candidatas logran una base social de apoyo, lo que se refleja en un gobierno y una administración pública que funciona bien, donde no hay escandalosos desvíos de recursos ni un uso arbitrario o discrecional de éstos, donde hay transparencia desde el momento mismo de la elección de un perfil.

El triste contraste es que en México la sociedad no escoge a nadie. En EU, la gente es la que construye la democracia, los dirigentes partidistas no tienen ni voz ni voto en el proceso de selección y elección de candidatos. En nuestro país es una clase política que en la mayoría de los casos es miope, y ahora PRI, PAN y PRD están pagando el costo de haber impuesto su hegemonía y supremacía, que coartó durante tantos años la libertad de los mexicanos para escoger a sus gobernantes.

Si en la oposición no entienden esto, será la lucha entre David y Goliat, pero en esta ocasión el gigante terminará aplastándolos.

SOTTO VOCE

Parece que luego que ambos se quedaron sin Banamex, el Ejecutivo y Grupo México fumaron la pipa de la paz. El propio presidente confirmó el día de ayer que ambas partes alcanzaron un acuerdo, que si bien no implicó una remuneración en efectivo para la empresa de Germán Larrea, sí contempla una ampliación de las concesiones que tiene Grupo México y que estaban por vencer, además del desistimiento de una demanda del consorcio contra el Tren Maya… Por cierto, nos cuentan que Francisco Cervantes Díaz, quien encabeza la chiquillada empresarial del CCE, no descarta volver al “hueso” del erario público que ya probó varias veces. Tal vez, por eso su reacción a la toma de instalaciones de Ferrosur, de Germán Larrea, fue taaaan institucional y taaaaan tibia, nos dicen. Pues claro, quiere quedar bien con el gobierno. ¡Cómo extrañamos a Carlos Salazar Lomelín!… Quien dio un atisbo del futuro político de Ricardo Monreal fue nada más y nada menos que la alcaldesa en Cuauhtémoc, Sandra Cuevas. La funcionaria anda comentando que el presidente de la Junta de Coordinación Política del Senado ya no va por la presidencia de la República, sino por el Gobierno de la Ciudad de México, desde donde, si llega, buscará acaparar los reflectores para, ahora sí, buscar la silla presidencial en 2030.