Ya estamos plenamente en el año 2023. Un año previo a las elecciones presidenciales mexicanas y en el que ya cada uno enseña el cobre de lo que es y lo que de verdad quiere. Esta es la primera vez en la que, cuando vayamos a votar el próximo 2 de junio de 2024, ya habremos sido testigos de una campaña ininterrumpida que duró más de siete años. En ningún lugar del mundo ya nada es lo que era. Sin embargo, en México sufrimos un cambio –o la intención de cambiarlo todo– de tal magnitud que realmente se puede afirmar que, si al final de este año las cosas siguen como van, el camino de volver hacia atrás será absolutamente imposible.
¿Qué pensaría usted de un país que, iniciando el año, recibe al presidente de los Estados Unidos de América y al primer ministro de Canadá en su capital, se reúne en su Palacio Nacional, llegan a una serie de acuerdos y días después parece que todo lo acordado es olvidado? ¿Qué opinaría de una nación que, al mismo tiempo y sin quitar el dedo del renglón, va gestionando todo para organizar otra cumbre con otras naciones que no pertenecen a América del Norte ni al T-MEC? Siendo esto la consecuencia del entendimiento político entre el homenajeado presidente cubano y el experimento cubano. Porque eso fue exactamente lo que hizo el presidente López Obrador y su administración. De día hacía buenas migas con los canadienses y estadounidenses y de noche entregaba preseas y reconocimientos al mandatario cubano.
Todos tenemos sueños. En algún momento, todos hemos pensado que, tal vez, el mundo sería mejor si en vez de haber triunfado los marines hubiera triunfado –con todo y sus mentiras y totalidades– el camarada Fidel Castro. Aunque la verdad es que, si hiciéramos una encuesta libre en Cuba, suponiendo que eso fuera posible, nos encontraríamos con que más de la mitad de los cubanos daría lo que fuera por vivir en este decadente, absurdo y mundo de gusanos que somos los que no pertenecemos al éxito de la Revolución cubana.
Primero tuvo a la Unión Soviética como ejemplo y, tal vez por eso, Castro resultó ser un comunista tan convencido. Después, cuando la Unión Soviética desapareció y el mundo occidental, con su capitalismo, triunfó, el exdictador cubano se encontró con que, en la tierra de Simón Bolívar, Venezuela, había otro soñador que, además, era un oficial de baja graduación, pero –lo que es más importante– de menor nivel socioeconómico, que un día soñaba con Bolívar y al siguiente soñaba con hacer triunfar la revolución de Castro. No sería posible entender lo que fue y es Venezuela si no fuera por Fidel Castro, y Castro hoy sólo sería una pesadilla de la historia si no hubiera tenido el petróleo y el destrozo de Venezuela para consolidar sus últimos años. No sólo los años previos a su muerte, sino también los últimos años de inadaptación económica, política y social que ha tenido la isla caribeña hasta la fecha.
Ese mundo es el que contraponemos al mundo de los grandes acuerdos internacionales y a la formación del primer mercado interno global en términos de nivel de consumo, de producción y de gasto. Ése es el país en el que vivimos. Por eso, no es de extrañarse que el pasado 16 de febrero –tras una abstención por parte del pacto Va por México– Morena y sus aliados hayan acordado designar a quienes conformarán el Comité Técnico de Evaluación que revisará los perfiles de quienes aspirarán a ser consejeros del INE.
A pesar de que el INE siempre fue una cuestión de partidos y de políticos, esta es la primera vez que –como los ganadores de las elecciones que se han celebrado desde 2018 hasta la fecha–, como los que están en el poder están convencido sobre que no hay nada qué preservar de la institución electoral, todo se pone en manos de un sorteo. Hoy el INE está en medio de un juego en el que, a pesar de cumplir con lo estipulado en la ley y de cumplir con sus funciones, tiene todas las de perder. Y lo está ya que, independientemente de quiénes sean electos como consejeros, es un órgano que sencillamente ha dejado de merecer la confianza del poder.
Lo sucedido podría ser combustible para las llamas que arderán el próximo 26 de febrero en la macromanifestación, o también podría ser la prueba de que, hagan lo que hagan y digan lo que digan los que no son parte de la cuatro ¿qué?, y del grupo del Presidente, no conseguirán cambiar nada.
Todo parece estar decidido. Es más, para que no haya dudas, la semana pasada se publicó en distintas partes los resultados de una encuesta preliminar sobre quién sería la candidata/o a presidente de la República dentro de las filas de Morena. La encuesta, realizada por la agencia Enkoll, arrojó dos hechos principales: uno, que Claudia Sheinbaum es la mejor posicionada dentro de Morena para suceder a López Obrador, aventajando a Marcelo Ebrard por 18 puntos. Y, dos, que ya sea Sheinbaum o Ebrard, cualquiera de los dos ganaría la elección presidencial con 31 puntos de ventaja.
En estos momentos, en nuestro país, la política se ha convertido en algo grotesco. Por una parte, está una oposición perdida, prácticamente inexistente y dedicada a dar golpes dentro de los distintos municipios del país, sin un candidato claro y, lo que es peor, sin una propuesta que pueda integrar y servir a los millones de votantes que el presidente López Obrador obtuvo en 2018. No hay propuesta, no hay candidato y con un lema que dicta que Va por México, pero la pregunta –así como con el actual régimen es la cuatro ¿qué?, y de qué está hecho este movimiento– es, ¿va hacia dónde?
Exactamente, ¿qué es lo que la oposición puede ofrecer al pueblo mexicano? Porque una cosa es el andar con el petate del muerto en grandes partidos y otra cosa es definir quién articulará una propuesta que signifique esperanza para el pueblo y que pueda permitir que se cuente con una candidatura con posibilidad de triunfar. No importa ir coleccionando cosas que uno no haría, ni tampoco lo que es para uno la antipolítica, lo que importa es quién las hace y qué pasa con las consecuencias de esos hechos. Y, hoy por hoy, tenemos una doble horquilla en la tragedia nacional. Primero, se han hecho demasiados cambios en tan poco tiempo que no tienen elementos sustitutivos. Y, segundo, todo eso, los errores del enemigo que hacen recordar el viejo dicho de Napoleón sobre que “cuando veas a tu enemigo equivocarse, no lo interrumpas”, hacen despertar la verdadera cuestión sobre si la oposición estará a la altura para 2024.
Al final del día, la que sigue teniendo nuestro país es que no hay nada por un lado ni nada por el otro. Como en los trucos de magia y cómo actúan los magos de pacotilla, todo es un efecto óptico. No obstante, de aquí en adelante, hace falta esclarecer cuál es la verdadera propuesta de la cuatro ¿qué?, y qué es lo que realmente está ofreciendo esa oposición que dice y repite que Va por México.
En política, siempre se ha impuesto que la ambición, el sueño, la fe o el argumentar que Dios se le apareció por la noche son fundamentales para triunfar. Pero la verdad es que aquí ni las corcholatas ni quienes podrían representar a la llamada oposición –suponiendo que exista– han recibido cualquiera de las dos llamadas. Hasta este momento ninguno ha recibido ni la llamada de Dios en medio de la noche ni la de Andrés Manuel López Obrador al terminar la mañanera diciendo: “tú serás mi sucesor o sucesora”.
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